Escribe Pablo Anzalone 24/04/2016.
La concepción predominante sobre la masculinidad genera riesgos y aún perjuicios graves para la salud de los varones. Uruguay presenta cifras significativas y es un tema donde la mirada de género puede ayudar a desentrañar causas y consecuencias.
Son muy notorias las diferencias en la atención a la salud según género. Mientras en la infancia niños y niñas consultan al equipo de salud en forma similar, al entrar a la adolescencia y juventud los varones desaparecen de las consultas médicas. Salvo en las puertas de urgencia por accidentes o intentos de suicidio. Recién comienzan a consultar nuevamente después de los 40 cuando ya presentan síntomas de enfermedades cardiovasculares, diabetes o cáncer. Sin duda un factor determinante en este fenómeno es el modelo asistencialista y curativo de la salud, que subestima los controles en las personas cuando están sanas, tanto varones como mujeres. Pero la diferencia de consultas entre géneros hace pensar que la idea de masculinidad asociada a la fuerza, la autosuficiencia, la subestimación de los riesgos, la responsabilidad laboral, operan en los varones para que no se preocupen por su salud. La idea-fuerza del autocuidado y la prevención, del cuidado en general, propio y de los demás, se asocia culturalmente a lo femenino. Distintas investigaciones señalan que las mujeres están mejor informadas sobre sus enfermedades que los hombres. Desde la educación sexista se induce a los varones a no jerarquizar su salud ni a buscar la ayuda de sus padres en ese plano. Como las definiciones de masculino y femenino son relacionales, en la actual distribución (estereotipada) de roles suele recargarse en las mujeres el cuidado de la salud de los varones.

En temas como la salud sexual y reproductiva los estereotipos de género centran las preocupaciones y las acciones en las mujeres, dejando de lado los problemas y las responsabilidades de los hombres. Es así que la prevención de enfermedades de transmisión sexual se hace mas compleja o ineficaz al no involucrar al varón (un ejemplo es la dificultad para abatir la sífilis connatal). El rol secundario y marginal asignado a la paternidad recarga a la madre pero también perjudica al niño y al padre, privándolos de un vínculo que será fundamental en la vida.

Más allá de la atención sanitaria, cabe analizar, desde una mirada de género, los problemas de salud, la carga de morbilidad y mortalidad que sufrimos. La diferencia en la esperanza de vida es muy clara, llegando en Uruguay a que las mujeres viven 7,1 años más que los hombres (2013). Pero esa cifra global esconde muchos fenómenos sociales, culturales, psicológicos, donde el género influye.

A nivel internacional hay investigaciones (Courtenay 2000) que demuestran que hay mayores probabilidades de asumir hábitos perjudiciales para la salud en hombres que poseen los modelos tradicionales de hombría que los que comparten ideas no tradicionales. También son mayores los riesgos de padecer depresión o fatiga nerviosa y presentan más problemas cardiovasculares ante situaciones de estrés. El intercambio con las familias sobre sus problemas cardíacos es menor. Las redes sociales necesarias para el apoyo a conductas saludables son más precarias o juegan roles negativos en ese plano.

El hecho más impactante (para mí), es la cantidad de suicidios. Uruguay tiene uno de los índices más altos de América llegando a 17,4 cada 100.000 habitantes en 2014. Pero los hombres se suicidan mucho más que las mujeres, con una gran diferencia, 27,9 hombres cada cien mil habitantes mientras en las mujeres es 7,6. Se suicidan cuatro veces más hombres que mujeres. Se ha dicho con razón que cuando una persona resuelve quitarse la vida, no es que quiera morir sino que no soporta seguir viviendo de la forma en que lo hace. ¿Porqué un porcentaje tan alto de hombres no aguanta seguir viviendo así, al punto de quitarse la vida?
Hay otros fenómenos como los consumos de drogas donde esta problemática vuelve a aparecer.
Hace tiempo ya que las concepciones más avanzadas en materia de políticas de drogas señalan que las causas no hay que buscarlas en las sustancias sino en los vínculos lesionados que están detrás de la adicción. En el consumo problemático (separemos del consumo recreativo) son fenómenos de sufrimiento social los que están influyendo en las adicciones más importantes. Las adicciones son una respuesta (personal, grupal, societaria ) a esos fenómenos de desarticulación social, a las dificultades del entramado social, familiar, comunitario, para contener las contradicciones que la sociedad genera en las personas. Ese sufrimiento social se agravó en Uruguay durante la crisis del 2002 pero luego continuó a pesar del crecimiento económico y la disminución de la pobreza.

Si vemos las cifras de alcoholismo, de tabaquismo, de consumo de marihuana, constatamos que los varones abusan de estas sustancias en mucho mayor medida que las mujeres.En los usuarios problemáticos de alcohol 85% son hombres. El consumo habitual de marihuana es el doble en hombres que en mujeres ¿ Cómo se origina esa lesión de los vínculos y sufrimiento social en los varones?

Hay otras conductas de riesgo que asumen los varones y que responden a procesos complejos de fractura y sufrimiento social. Si miramos las cifras de delincuencia también los varones son ampliamente mayoritarios en relación a las mujeres. Tenemos un sistema punitivo que incrementa cada vez más la cantidad de personas encarceladas. En 2015 el 90,7% de las personas procesadas y penadas fueron hombres, entre 19 y 22 años. Si analizamos los homicidios vemos que tanto víctimas como victimarios son mayoritariamente hombres. Esta concepción de hombría suele estar vinculada con una mayor inclinación a la resolución violenta de problemas en las relaciones interpersonales. De allí los mayores riesgos de homicidio y los elevados indicadores de violencia doméstica.
También las cifras de muertes por accidentes de tránsito registran la influencia del estereotipo de masculinidad. Otra vez la imagen de masculinidad asocia con valentía, prácticas como conducir a velocidades y condiciones riesgosas.
Hay muchas concepciones (de izquierda y de derecha) que reducen los problemas a lo económico. América es el continente más desigual del planeta. La reducción de la pobreza y las desigualdades económicas son un elemento fundamental para crear una sociedad más justa. Pero sería un grave error subestimar otras desigualdades que cercenan derechos y afectan la calidad de vida de grandes sectores. O dejar de lado objetivos democratizadores de las relaciones humanas en la construcción de una sociedad diferente. Las definiciones culturales de “masculinidad” y “feminidad” son construcciones históricas dinámicas y no “hechos naturales”. No todos los hombres son iguales. En cada período histórico y en cada formación social existen distintas concepciones de masculinidad, pero hay algunas que son dominantes mientras otras son relegadas o incluso estigmatizadas. Robert Connell definía como “masculinidad hegemónica” la que es más valorada, elogiada, incorporada en las prácticas sociales en un determinado contexto. Esto implica distintos planos de la vida social, relaciones de poder, división sexual del trabajo, cargas emocionales vinculadas a lo masculino y femenino y contenidos simbólicos asociados al lenguaje, la forma de vestir, tipos de consumo. La salud es uno de esos planos. En el siglo XXI varios procesos de cambio afectan esos roles establecidos.
En Uruguay se ha estudiado el tema “masculinidades” desde distintos actores, tanto a nivel académico (Udelar FCS, FP) como institucional (Mides, IMM) y también social (Mysu, CEMG y otros). Los trabajos de Francois Graña son muy interesantes. Desde la Div.Salud colaboramos con la Secretaría de la Mujer para problematizar el tema en las practicas sanitarias y sociales.
La salud necesita una mirada de género.
Cabe preguntarse si esta concepción de la masculinidad (un producto histórico relativamente reciente) no está generando a los varones tantas tensiones, tantos roles a asumir, tantos fracasos ante las exigencias impuestas por ese esterotipo cultural, que terminamos con más problemas cardiovasculares, consumiendo muchas más drogas, asumiendo más conductas de riesgo para nuestra salud. Los varones morimos antes por enfermedades y en una proporción nada menor, resolvemos quitarnos la vida. Matamos y nos suicidamos más. Tal vez sea hora de cuestionarnos si una concepción que pone a los hombres en un rol dominante, que subordina y posterga a las mujeres, que estigmatiza las orientaciones no heterosexuales, también afecta en forma significativa la salud y la vida de los varones.