Los magos de ayer, hoy y siempre

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El fenómeno mágico ha sido estudiado por la antropología desde los inicios formales de misma como disciplina académica, en la segunda mitad del siglo XIX. La existencia de “supervivencias”, como las denominaba Edward B. Tylor, en referencia al espiritismo y al ocultismo, populares en su tiempo, parecían perpetuar el pensamiento mágico en sociedades que se consideraban “civilizadas”, como algunas europeas y los EEUU.

Se trata de una modalidad que ha formado parte de todas, o de buena parte de las culturas humanas, con manifestaciones diversas a lo largo de la historia de la humanidad.

Veamos en qué consiste: se trata de una forma de incidir sobre la realidad a través del uso de diversos objetos y acciones con el fin de lograr efectos materiales concretos. Dichos efectos se obtienen por medio de la manipulación de fuerzas sobrenaturales, es decir, de torcer, voluntariamente, el curso de los acontecimientos.

Las religiones se basan en una modalidad de pensamiento casi idéntica, excepto que apelan a seres sobrenaturales específicos y no a fuerzas más o menos difusas. Para Durkheim lo que distingue a la magia de la religión es el carácter antisocial; la práctica –individual- de la primera está dirigida al beneficio de otros individuos. La religión, por su parte, sería una fuerza social que apunta a la cohesión del grupo, aunque el creyente puede realizar plegarias para obtener algún favor personal por parte de la divinidad. Otra diferencia entre ambas estaría dada, según Lowie, por la actitud de arrogancia del mago, diferente a la de súplica del religioso.

La magia forma parte de una lógica que ha convivido históricamente sin conflictos con la empírica. La confección de una cabaña, una canoa o un arpón, en contexto etnográfico, integra perfectamente el conocimiento físico de los materiales con un conjunto de conjuros o fórmulas orales de apelación a la magia.

James Frazer sostenía que la magia se funda sobre dos principios: “…primero que lo semejante produce lo semejante, o que los efectos semejan sus causas, y, segundo, que las cosas que alguna vez estuvieron en contacto se actúan recíprocamente a distancia aun después de haber sido cortado todo contacto físico”. ([1]) Habla, entonces, de leyes de semejanza y de contagio, que darían lugar a dos tipos de magia: homeopática (semejanza) y contaminante (contacto). La “magia simpática” englobaría a ambas ramas, cuyos presupuestos son comunes: las cosas interactúan recíprocamente a distancia “mediante una atracción secreta, una simpatía oculta, cuyo impulso es transmitido de la una a la otra por intermedio de lo que podemos concebir como una especie de éter invisible…”. ([2]) Eso significa, para los creyentes en este tipo de pensamiento, que los objetos mantienen vínculos internos entre sí, nexos causales cuya comprobación, en el mundo natural, resulta imposible.

Marcel Mauss, que estudia exhaustivamente el hecho mágico y sus diversas expresiones, suma –dentro de la magia simpática- a las leyes de contigüidad y semejanza, la de contraste: “las cosas que están en contacto están o permanecen unidas, lo semejante produce semejanza y lo contrario actúa sobre lo contrario”. ([3])

¿Cuáles son los efectos de la práctica de magia por simpatía?

Se considera posible influir sobre un individuo a partir de la manipulación de una imagen, un objeto o una parte del mismo (una foto, un muñeco, una prenda de ropa, cabello o uñas, etc.) que representa a la persona, con el fin de producir reacciones positivas o negativas. Pero, además de los elementos citados, se puede actuar sobre la sombra o el nombre, que se consideran integrados al sujeto sobre el que se pretende atraer esos efectos.

Se parte de la presunción de que la parte vale por el todo.  Atormentar a una figurilla, fabricada a imagen de la persona a la que se pretende dañar, como es el caso del vudú, se considera equivalente a dañar al individuo representado. Y el mal, inexorablemente, tendrá lugar.

¿Qué es lo que se busca por medio de la realización de este tipo de rituales?

El objetivo consiste en obtener bienes (salud, dinero, amor, protección), alejar males (como puede ser el mal de ojo) o perjudicar a alguien.

Los ritos mágicos pueden no ser de orden material; es el caso de los conjuros o fórmulas orales que se basan en el poder de la palabra y en la eficacia de la recitación; el lenguaje, la pronunciación de un nombre, una fórmula, un código secreto, un número potente de veces, son capaces de apelar a un conjunto de poderes, cuya invocación los obliga. La confianza mística en el poder del rito es incuestionable.

El rito puede, eventualmente, fallar. Pero dicho fallo no pone en cuestión al edificio de la magia ni a ninguno de sus principios rectores; se explica, siempre, en base a algún fallo individual del practicante, como puede ser un error o el olvido de alguna parte del recitado ritual.

El término mismo, magia, “parece revelar un mundo de posibilidades inesperadas y misteriosas”. ([4]) Se nutre de la tradición y se maneja dentro de una atmósfera de misticismo. Además, la magia es una modalidad oculta de acción cuya práctica está ligada a ritos iniciáticos. Ese carácter oculto se expresa tanto en las fórmulas, más o menos esotéricas, como en modalidades ininteligibles de lenguaje. Dichas fórmulas experimentan desgastes en el proceso de su transmisión y, a menudo, “terminan en una jerga literalmente insensata”. ([5])

Pioneros de la antropología, como es el caso de Tylor y Malinowski, sostenían que la causalidad mística convivía con la cosmovisión racionalista. “La salud, la enfermedad, la amenaza de morir flotan para el más racional de los hombres civilizados en una niebla emotiva que puede tornarse cada vez más densa y más impenetrable según se nos aproximan esas fatales formas”. ([6]) La enfermedad, el miedo de morir, la preocupación obstinada por la salud y los momentos clave del ciclo vital han estado rodeados, siempre, de creencias irracionales y han dado lugar a ritos que evocan fuerzas sobrehumanas.

Y de esas preocupaciones, del siglo XIX las de Tylor y del XX las de Malinowski, nos hacemos eco hoy en el XXI, dadas, no sólo la supervivencia de fenómenos como el espiritismo y el ocultismo, sino más que nada la preocupante proliferación de fenómenos de índole mística en estos tiempos complejos llamados, pomposamente, posmodernidad. Resultaría imposible explicar aquí su origen y las implicaciones de la misma. Sin embargo parece pertinente señalar un aspecto: la extraña convivencia entre un sistema de pensamiento de orden científico, que ha dado lugar a los mayores avances tecnológicos de la historia, junto con otro que apela a la existencia de entidades místicas y causalidades imaginarias de imposible comprobación. Estas no sólo carecen de respaldo en estudio alguno sino que, además, a menudo se presentan como productos alternativos a, o cualitativamente mejores que los que, aún en el entendido de que muchas prácticas son perfectibles, sí son el resultado de la paciente labor de científicos en laboratorios y universidades, sometidos a los controles de rigor del método que rige sus acciones. En este caso, la magia subyacente pretende travestirse como ciencia, pero resulta que su patético disfraz encubre fraudes diversos; el auge de las pseudociencias así lo indica.

¿Cuáles son los motivos de esa persistencia de la magia?

Barfield menciona, a modo de hipótesis, la esperanza popular de que exista alguna causa sobrenatural, la complacencia humana en la ilusión, así como la necesidad de una cuota de fantasía. El misterio resulta fascinante.

Mair opina que existe la necesidad de explicar, por ejemplo, “una desgracia inmerecida cuando no se reconoce que la desgracia puede sobrevenir por azar” ([7]); entonces resulta explicativo recurrir a alguna fuerza perversa, un recurso práctico contra la indefensión humana. Y la magia los suministra.

La magia no se mantiene por desconocimiento de teorías mejores, es decir, que expliquen más cabalmente la realidad; si así fuera, donde se dispone de una teoría científica de la naturaleza, las creencias mágicas deberían desaparecer automáticamente. Sin embargo, a pesar de las enormes posibilidades de las que puede disponer la difusión científica, el misticismo, el espiritualismo, la pseudociencia, así como formas populares, a menudo sincréticas, de religiosidad no sólo se empecinan en subsistir sino que presentan un renovado auge.

¿Qué es un tabú?

Un tabú es una modalidad de magia negativa que se basa en una acción de evitación; no se realizan determinados actos para eludir sus efectos negativos. Puede ser tabú un alimento, siempre o en determinados períodos. Es el caso de la prohibición de consumir carne de vaca entre los hinduistas, el precepto del consumo “kosher” entre los judíos religiosos y el “halal” entre los musulmanes, aunque existen alimentos que son tabú en casi todas las culturas. Otros tabúes no alimentarios son, por ejemplo, realizar ciertas actividades durante la menstruación, el sexo antes de una batalla, no pasar por debajo de una escalera y un larguísimo etcétera.

Los magos de ayer y los de hoy son especialistas en redirigir los poderes del universo para lograr modificar la realidad. Si bien algunos siguen atados a la adivinación por tarot o buzios o a las predicciones astrológicas, nos preocupan además otros fenómenos, que adquieren notoria difusión a través del uso de Internet. Las pseudociencias se basan en el mismo tipo de pensamiento: intentan convencer, sin pruebas, de las bondades o maldades de ciertos productos. La demonización de las vacunas como causantes de autismo, resultante del fraude de un (ex)médico llamado Andrew Wakefield –quien pretendía sustituir la vacuna triple viral existente por otra de su propia autoría- es una de las más peligrosas. Pero hay muchas más, con grados variables de riesgo, que ponen sobre la mesa el conflicto entre dos modalidades opuestas de pensamiento que dan lugar a un conflicto cultural –y, en este caso, también sanitario-. Sólo es posible, por razones de espacio, mencionar algunos ejemplos, vinculados con la salud y la nutrición, la temática específica de esta publicación.

Las llamadas “dietas milagro”, por ejemplo, ofrecen resultados mágicos, tanto para bajar de peso como para curar enfermedades de distinta índole. Sin embargo, las que prometen curar el cáncer obtienen gran difusión en la población dado que ofrecen un “método” mucho más simple y menos invasivo que las diversas terapias oncológicas. Y es así que aparecen diversas sustancias mágicas que ofrecen esperanzas a cambio de fe, de y, en muchos casos, de dinero. También proliferan aquellas que consideran que el cáncer es emocional, es decir, responsabilidad del enfermo, pero de esta variante no nos ocuparemos, como algunos postulados del “pensamiento positivo”.

Los neochamanes de la salud: homeópatas, practicantes de medicina ortomolecular y un largo etcétera de “alternativas” tienen su momento de gloria en tiempos de auge de la posmoderna ausencia de rigor y de comprobación: todo es relato, todo tiene el mismo valor.

Realizaremos un breve sobrevuelo panorámico sobre algunas de estas modas médicas o dietéticas.

El oncólogo italiano Tulio Simoncini sostiene que el cáncer es causado por un hongo que prolifera en ambientes ácidos y, por tanto, al alcalinizar la zona del tumor aportándole bicarbonato de sodio, el cáncer desaparece. En los últimos años se promocionan sustancias como frutas o jugos (guanábana o graviola, jugo de limón, etc.) de los que se asegura que son “10.000 veces más potentes que la quimioterapia”.  El problema es que no hay estudios que avalen tan tentadoras opciones curativas no invasivas.

En julio de 2013 falleció en Valencia, España, un joven de 21 años que padecía de un tipo leucemia con altas posibilidades de curacion. Si bien había comenzado a tratarse con quimioterapia, terminó por abandonar ésta en favor de una supuesta terapia, recetada por un autodenominado “médico naturista”.

El gluten se ha convertido, en nuestros días y para un conjunto de personas no celíacas ni alérgicas a dicha sustancia, en una nueva encarnación de Satán. Sin embargo, no existe ninguna correlación, científicamente comprobada, entre el consumo de alimentos sin gluten y algún beneficio en la salud. Más bien los datos indican lo contrario. La magia se combina con el marketing y, asimismo, con la tendencia a suprimir alimentos demonizados.

Se elaboran relatos negativos acerca de algún alimento (leche, carne, azúcar, café, etc.) y se los responsabiliza de muchos de los males que sufre la humanidad. E, inversamente, se dedican loas a otros, que van cambiando en función de las modas alimentarias que, a menudo, promocionan alimentos exóticos que incluyen el azúcar de abedul como secreto de la dieta de varias celebridades y el consumo de agua de mar.

Algunos de los delirios nutricionales más insólitos, hallados en la red, son: la receta de croquetas para dietas anticandidiasis, elaboradas con hierbabuena y pollo, la dieta de la “raw food” (comida cruda) excluyente, la afirmación de que tenemos un segundo cerebro en los intestinos o en el estómago, una dieta en la que casi no se consumen alimentos pero se deben ingerir 62 litros de agua en seis días, la “nutrición emocional” (usar el poder de la mente para adelgazar), la auriculoterapia, la paleodieta y la menos conocida “dieta prehispánica” (que contendría alimentos antioxidantes como chia, maíz, frijol, nopal, ají, etc.), la “dieta del genotipo” (que busca “educar” a los genes a través de una buena alimentación), la dieta según el grupo sanguíneo e incluso la aromaterapia que adelgaza, y las diversas variantes “detox”, sobre las cuales todos los estudios científicos coinciden en que no cumplen ninguna función ya que el organismo posee los órganos (riñones e hígado) que, efectivamente, eliminan las toxinas.

La enumeración de falsas terapias, de modas alimentarias de prácticas pseudomédicas –en países o sectores de población que tienen sus necesidades básicas resueltas-, excedería los límites de este intento de acercamiento a la persistencia de la magia en muy diversos aspectos de la vida cotidiana. La ciencia no provee de explicaciones definitivas; sólo proporciona las mejores respuestas en función de las evidencias disponibles.

 

Anabella Loy

Lic. en Ciencias Antropológicas, opción Antropología Cultural y Etnografía. Facultad de Humanidades y Ciencias. Montevideo.

Mag. en Ciencias Humanas, opción Estudios Migratorios. Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación.

 

BIBLIOGRAFÍA

Barfield, Thomas (Ed.)   Diccionario de Antropología. Bellaterra, España, 2001.

 

Frazer, James G.          La rama dorada. FCE, México, 1944.

 

 

Kneale, Mathew.           Historia de las creencias. Contada por un ateo.

Taurus, Madrid, 2013.

 

Lowie, Robert.                    Religiones primitivas. Alianza, Madrid, 1976.

 

Malinowski, Bronislaw.   Magia, ciencia y religión. Planeta–Agostini, 1948.

 

Mair, Lucy.                   Introducción a la antropología social. Alianza, Madrid, 1980.

 

Mauss, Marcel.              Sociología y Antropología. Tecnos, Madrid, 1971.

 

Rony, J. A.                   La magia. Eudeba, Buenos Aires, 1962.

 

 

http://www.lavanguardia.com/comer/al-dia/20180124/44238643414/el-chef-cabreado-nutricion-anthony-warner-veganos.html?utm_source=facebook&utm_medium=social&utm_content=comer&utm_campaign=lv

 

https://elpais.com/elpais/2017/03/08/ciencia/1488928881_364344.html

 

http://www.agenciasinc.es/Noticias/No-hay-pruebas-cientificas-de-que-las-dietas-sin-gluten-sean-mejores-para-la-salud

 

[1] La rama dorada, 1944, p. 14.

[2]  Frazer, op.cit., p. 35.

[3] Mauss, Marcel, 1971, p. 87.

[4] Malinowski, 1948, p.25.

[5] Rony, 1962, p. 13.

[6] Malinowski, op. cit., p.9.

[7] Mair, 1980, p. 236-237.

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