Obesidad, visión antropológica de la pandemia.

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La obesidad se considera una enfermedad en la cual el cuerpo almacena tejido graso en forma excesiva, ante una ingesta libre de alimentos y escaso desarrollo de actividad física, aunque esta se puede incrementar al observarse como un padecimiento multifactorial influenciado por causantes genéticos, fisiológicos, metabólicos, además de patrones sociales y culturales.

La misma ha cobrado especial interés en los últimos años, debido a las consecuencias de salud que trae aparejada, como lo son otras enfermedades crónicas de las que frecuentemente se habla: diabetes, enfermedades cardiovasculares, osteoarticulares, dislipemias, afecciones respiratorias, cáncer, etc. Las cifras a nivel mundial son alarmantes, en 2016 más de 1900 millones de adultos mayores de 18 años presentaban sobrepeso y de estos 650 millones eran obesos. En Uruguay, como ya hemos mencionado anteriormente, datos de la Guía Alimentaria (2016) revelan que de la población adulta, siete de cada diez personas  presentan exceso de peso y tres padecen obesidad. Según estimaciones de médicos del Hospital Maciel 80 mil personas en nuestro país serían obesos mórbidos.

Origen de la obesidad:

Desde la Antropología se considera a la obesidad como la primera enfermedad de la civilización, surgió hace aproximadamente 10.000 millones de años junto con la agricultura y el abandono de la vida nómada y se intensificó con la Revolución Industrial, donde las sociedades pudieron producir, acopiar y distribuir los alimentos, disminuyendo significativamente las hambrunas y aumentando de este modo la obesidad.

Esta enfermedad podía verse como una condición adaptativa ventajosa o como una patología, en la primera condición las reservas grasas se almacenan en forma transitoria, solo durante la época de abundancia de alimentos y este exceso se quema durante el periodo de escasez, pero se vuelve patológica cuando este exceso se mantiene en forma permanente, esta relación factor protector-patología se ha visto muchas veces a lo largo de la evolución del ser humano.

Campillo (2004) cuestiona las bases paleolíticas de la enfermedad de la opulencia como le llama a la obesidad, a través de la siguiente pregunta “¿Cómo es posible que el diseño del cuerpo humano, que debía de haber sido perfeccionado a lo largo de millones de años, sea tan vulnerable al cáncer, la arteriosclerosis, la depresión, los problemas de columna, la diabetes, o la hipertensión?” A modo de respuesta vio una incompatibilidad entre el estilo de vida actual (circunstancias ambientales y nutricionales) y aquellas que se daban al momento de la evolución, dándose una incongruencia entre el diseño del cuerpo y el uso que hoy se le da.

La razón de ser de la obesidad parece clara, durante la evolución de los homínidos el problema no ha sido el control sobre la comida lo que ha impedido engordar, sino la ausencia de alimentos. De este modo, la sobrealimentación no es un defecto de la personalidad, sino se podría considerar un efecto hereditario en el diseño del organismo humano, una debilidad de la selección natural. Las señales físicas que nos indican saciedad, comúnmente son débiles y fácilmente ocultadas por presiones culturales. A su vez, esta sensación asociada a un determinado alimento se relaciona con un placer subjetivo, despertando cada tipo de alimento un apetito específico y aunque existan las señales de saciedad, factores externos como el olor, la vista, el sabor o la textura proporcionan diferentes grados de la misma.

Ingrediente problema:

Tomando como ejemplo el azúcar, entendiéndolo como uno de los ingredientes problema en esta pandemia, podemos visualizar que la preferencia por este sabor se podría considerar innata, se pudo dar en el contexto en que los azúcares de rápida absorción eran escasos y los alimentos de sabor azucarado constituían una fuente energética fácilmente movilizable, por lo que el umbral de saciedad es aún mayor para este tipo de alimentos. En numerosas culturas, al final de las comidas se acostumbra consumir alimentos azucarados, incluso satisfechos, se dispone de apetito para lo dulce.

El azúcar ha sido un producto escaso a lo largo de la historia, hasta el siglo XVIII, el azúcar fue un producto exótico. Hasta finales de la Edad Media, sus usos fueron  restringidos. En tiempos de Enrique IV se vendía en farmacias por onzas y tenía un alto costo, su uso medicamentoso lo desacreditaba como alimento y lo colocaba en el lugar de droga sospechosa. Más adelante en el tiempo, a partir del siglo XIX los usos de este ingrediente aumentaron y se diversificaron, se empezó a incorporar a preparaciones para enfermos, niños, adultos mayores, haciéndolos más apetitosos y nutritivos. Adquirió el rol de condimento universal, como corrector de acidez y amargura, incorporándose a tés, cafés, bebidas refrescantes. Sus propiedades antisépticas sirvieron para la conservación de alimentos.

En definitiva, se integró a la mayoría de las preparaciones y en las que el sabor dulce se combinaba con el placer, a partir de 1900 su consumo se duplicó, momento en que comienzan las “patologías de la civilización”, ligadas a este aporte calórico importante, de rápida absorción y a un ciudadano sedentario, aumentando el peso relacionado a enfermedades crónicas y caries dentales.

Visión del cuerpo:

Aún en algunos contextos se siguen considerando a las personas obesas como saludables, manteniendo la visión del siglo pasado donde la corpulencia era signo de salud, prosperidad y honorabilidad. Durante el paleolítico las mujeres obesas (antiguas Venus) representaban la esperanza del mantenimiento de la especie, por su función nutricia desde la concepción hasta el fin de la lactancia, permitiendo la perpetuación de la especie, creencias que se mantienen hasta el día de hoy, por ejemplo en algunas culturas africanas y latinoamericanas.

En los últimos tiempos se ha dado un cambio de la visión del cuerpo principalmente femenino, donde se alaba la delgadez y la apariencia juvenil, si el cuerpo no cuenta con estas características no se considera bello ni sexualmente atractivo, aunque dada su composición el cuerpo de las mujeres tenga naturalmente mayor masa grasa en comparación con la de los hombres. Estas conductas derivadas de la cultura y las creencias se aprenden en la infancia y no se cuestionan en la vida adulta, llevando esta relación entre el peso y la belleza a situaciones confusas, en las culturas occidentalizadas muchas veces la gordura es sinónimo de fealdad. No estableciéndose un límite claro entre la obesidad como factor de riesgo y problema estético, se maneja la hipótesis de autoprovocación de la enfermedad, considerando a las personas obesas como débiles, flojos, sin personalidad.

Se ha visto en países en vías de desarrollo, como lo es el nuestro, una relación directamente proporcional entre la clase social y la obesidad y los diferentes grupos etarios y una inversamente proporcional entre el estrato social y la desnutrición.

Este fenómeno también se ve atravesado por  la industria alimentaria, que por un lado fomenta el consumo de productos dietéticos libre de azúcares y grasas, con precios más elevados, presentando gran diversidad de productos que otorgan estatus social, donde la principal preocupación es que comer y en qué proporción y por otro lado, hay una gran oferta de comidas accesibles y muy calóricas, generalmente listos para consumir y que se presentan en envases visualmente atractivos y que son las elegidas por gran parte de la población. En ambos casos debemos estar atentos a la composición del alimento, pero más aún en los alimentos dietéticos, porque muchas veces también están compuestos por ingredientes no tan saludables.

Conclusión

Es preocupante la incidencia de la obesidad en esta época, pese a las modas y cánones estéticos, a las políticas públicas y de educación por parte del estado, aunque no en todos los casos suficientes, a la creciente industria multimillonaria dedicada a la estética, la salud y la comida dietética.

Gran parte de la población adulta que  vive en países desarrollados y subdesarrollados padecen al menos una enfermedad crónica, generalmente asociada a la obesidad. Afectando también a niños y jóvenes.

Lo llamativo en este momento de la evolución es pensar que enfermamos porque estamos en presencia de abundancia de alimentos calóricos y pasamos muchas horas confortablemente sentados en el trabajo, en el transporte y mirando televisión.

Sería importante enfocarnos en la real prevención de la pandemia, a través de la educación alimentaria nutricional a edades tempranas y a su vez en todos los grupos etarios, como consumidores debemos cuestionarnos sobre la composición de los alimentos, principalmente los industrializados, porque muchas de estas situaciones se dan por desconocimiento al momento de la selección de los mismos.

Consultar con un licenciado en nutrición, que dentro del equipo de salud, es el profesional más preparado para realizar esta educación ya sea en presencia o no de la patología.

Daniela Bermudez.
Licenciada en Nutrición. Estudiante de Antropología. Asesora en Lactancia.

 

Referencias bibliográficas:

OMS (2017). Obesidad y Sobrepeso. Obtenida el 28 de octubre de 2017, de http://www.who.int/mediacentre/factsheets/fs311/es/.

El observador (2017) Cuando comer enferma la historia detrás de una operación bariátrica exitosa. Obtenida el 28 de octubre de 2017, de   https://www.elobservador.com.uy/cuando-comer-enferma-la-historia-detras-una-operacion-bariatrica-exitosa-n1135991

Cantú, C., Moreno, D.(2007) Obesidad: una perspectiva epidemiológica y sociocultural. Revista Salud Pública y Nutrición, 8(4). de http://www.medigraphic.com/pdfs/revsalpubnut/spn-2007/spn074g.pdf

Campillo, J. (2004) Las raíces paleolíticas de la enfermedades de la opulencia, de http://www.uam.es/otros/sepal/actas/actas_files/trabajos/08_Caceres/08%20Com.01.pdf

Contreras, J. (2004) La obesidad una perspectiva sociocultural, de http://hedatuz.euskomedia.org/3801/1/27031052.pdf

Montero, J. (2001) Obesidad: una  visión antropológica, de https://pediatriausach.files.wordpress.com/2012/06/antropologia-de-la-obesidad.pdf

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